La Generación del 2018.

Llegando al mes de mayo resulta inevitable mirar atrás y recordar los acontecimientos que sucedieron en París aquel 1968, y más cuando en 2018 se cumplen 50 años de esta moderna y fallida revolución.

Recordamos como el joven Daniel Cohn-Bendit increpó al ministro de Juventud y Deportes francés en la inauguración de una piscina en el campus de Nanterre: “Señor ministro, ha elaborado un informe de 600 páginas sobre la juventud francesa. Pero no hay en él una palabra sobre nuestros problemas sexuales. ¿Por qué?”.
El ministro le respondió que si tenía alguna clase de problema sexual, lo mejor que podía hacer era tirarse a la piscina. “Es lo que solían decir las juventudes hitlerianas”, concluyó el joven.

Semanas después Daniel recibió una amenaza de deportación y fue detenido. Pero el propio ministro, según reconocería más tarde Cohn-Bendit, disuadió al Gobierno de expulsarle inmediatamente del territorio francés a causa de ese incidente. Este hecho provocó nuevos altercados en Nanterre y otras universidades. Así se inició el ciclo de protestas que acabaría desencadenando los hechos de mayo en París.

Sin entrar en su cronología se sucedieron movilizaciones, cargas policiales, huelgas universitarias, manifestaciones en contra de la intervención militar en Vietnam, el intento de asesinato de un representante estudiantil alemán, y la convocatoria de una huelga estudiantil, la consiguiente represión por la cúpula universitaria, y finalmente una convocatoria de huelga general, seguida de numerosos altercados. Incluso el mismísimo Festival de Cannes fue paralizado.

El 10 de mayo llega la Noche de las barricadas: 12.000 manifestantes tratan de resistir la ofensiva de 6.300 antidisturbios. En una entrevista radiofónica realizada a las 2 de la mañana, Cohn-Bendit advierte: «Debemos evitar la efusión de sangre y, para ello, la policía tiene que evacuar el Barrio Latino». La revolución no había llegado a buen puerto, había que rendirse.

Una revolución que fue un intento de cambiar la sociedad francesa, y se quedó en agua de borrajas para muchos, incluso algunos la catalogaron de revuelta liderada «por hijos de papá»,  surgida de la prosperidad económica, la explosión demográfica y la emigración a las ciudades de posguerra. Fue liderada por una juventud que había vivido siempre en democracia, con un bienestar impensable para sus padres. Analizado fríamente, uno de sus lemas más sonoros resulta una contradicción ideológica, casi un recurso poético: prohibido prohibir.

Pero también es innegable que sus efectos cambiaron la vida de generaciones. Fue un movimiento que se extendió por todo el mundo: protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y el Verano del Amor en EEUU, la Primavera de Praga y movilizaciones estudiantiles en Madrid. Además ningún partido político capitalizó la revuelta, la sociedad francesa en conjunto asumió los resultados, había leyes laborales injustas y se modificaron.

Y ahora nos enfrentamos en España a nuestro Mayo del 2018 – 50 años después – una juventud movilizada ante los recortes y una escueta subida de sus pensiones, la misma juventud que, también en España, en aquel mayo del 68 se enfrentó a los poderes del gobierno de la época. Es posiblemente la última juventud que hemos tenido en nuestro país.
Los resultados obtenidos por este levantamiento están alejados de lo que significa una revolución, y más relacionados con una realidad demográfica, de interés electoral, de reparto de dividendos.

Nos han hablado del Movimiento 15M, un movimiento que no surgió de los alumnos, sino de los profesores. Docentes adocenados que como tales destacan en un sistema que presume de situar sus primeras universidades entre las 170 mejores del mundo. Un movimiento que destaca entre sus libros de cabecera el panfleto (elocuente) «Indignez-vous», redactado por un octogenario: Stéphane Hessel, que luchó en la resistencia y participó en la Declaración de Derechos Humanos (1948). Queda claro que tampoco se trató de una revolución.

Así pues, ¿dónde está la Juventud?
La última generación de la que se nos habla es la de los Millennials, esos jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad a principios del siglo XXI,  catalogada en muchos casos como una generación perdida. Les acusan de frívolos, consumistas y egoístas, de vagos y superficiales, incluso algunos aseguran que les falta compromiso social y vinculación con el pasado.

Cada generación debe aportar algo valioso y diferente. Cuando trabajan juntas, se crea un equilibrio que beneficia a la sociedad en su conjunto, y de ello depende el futuro de la misma.

Es tal la influencia de la generación Millennial que no se conoce a fecha de hoy una ruptura con la misma, hasta algunos expertos han decidido generar una división: los millennials viejos – que ahora tienen treinta y tantos, con trabajo y tal vez su propia casa y ahorros; – y los millennials jóvenes, que ahora tienen veintitantos, todavía con problemas a la hora de encontrar empleo.

Sin esta ruptura, el equilibrio generacional necesario queda descabalgado. No sabemos qué ocurrirá dentro de los próximos años, pero seguimos esperando una revolución.

 

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