Caprichos de los Ratos Libres

Con frecuencia, entre horas y para relajarme, me acerco a una librería cercana a mi apartamento donde me pierdo entre títulos de la más diversa índole. Lamentablemente no es muy extensa la colección, pero sin duda siempre existe la posibilidad de encontrar algún título que despierte mi interés, y no en pocas ocasiones me despido con un ejemplar entre mis manos.

El otro día ejercí nuevamente esta abigarrada costumbre sin mayor pretensión que hacer algo de tiempo antes de una reunión de trabajo. Estaba cansado y algo enfermo, y no recuerdo en absoluto los libros que hojeé ni los autores que rastreé, pero sí que tengo claro que llegué a la oficina con un libro en tapa dura de la novela Crimen y Castigo.

Al día siguiente y ya más relajado me pregunté porqué había comprado este libro. Bien es cierto que es una de mis novelas preferidas, pero también es real que ya la había leído en dos ocasiones. Esta extraña situación me hizo reflexionar sobre el porqué de mi involuntario acto.

Recuerdo perfectamente mi primer contacto con este libro. Correría el año 1996 y disfrutaba de mis años universitarios en la residencia de estudiantes. Había una biblioteca que gestionaba con diligencia una recogida y resuelta asturiana. No recuerdo su nombre pero recuerdo que hablamos de nuestras inquietudes y con firmeza me dijo: «Toma prestado este libro, te va a encantar».

Cierto es que en aquellos tiempos, entre estudios y otras preocupaciones propias de la edad, no dedicaba mucho tiempo a la lectura pero aquel libro me cautivó de tal modo que le consagré unas cuantas horas de mi por aquel entonces excitada vida.

Acertó plenamente la bibliotecaria. La recuerdo muy bien con su nariz afilada y su acento marcado, era pequeñita y enérgica. Patricia era ya una mujer encantadora, muy independiente, con profundas inquietudes sociales y medioambientales. Aunque decidida y vigorosa, también exhibía grandes habilidades afectivas. Tenía el busto abultado y muy femenino, sus labios carnosos y muy apetecibles, y sus ojos oscuros eran vivos y profundos; con ellos hechizaba a un nutrido grupo de jóvenes ávidos de rijosas experiencias.

Todavía no entiendo muy bien las causas de mi compra literaria, pero hoy acabo de leer por tercera vez esta desconcertante novela. Sólo ahora que está terminada, agradecido aparece en mi mente ardiente el vivo recuerdo de la joven Patricia.

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